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¿Puede la gente organizada disputarle el poder a los algoritmos?

El Ejército de Lula y una experiencia de apropiación colectiva de las tecnologías digitales.

Las elecciones presidenciales de Brasil llamaron la atención del mundo por sus resultados y por las implicancias geopolíticas para nuestra región. A mí, sin embargo, me interesó -y me capturó casi al borde de la obsesión- la estrategia de comunicación digital desarrollada por el PT, que convocó a millones de personas, organizadas a través de un canal de WhatsApp, para disputar sentidos políticos mediante la circulación y la visibilidad de contenidos en las plataformas digitales.

El 4 de octubre de 2026, Luiz Inácio Lula da Silva perdió la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil frente a Flávio Bolsonaro. Tres semanas después, el resultado se había invertido: Lula ganó la segunda vuelta con el 51,79 % de los votos. Entre una elección y otra ocurrió algo que merece nuestra atención. Millones de brasileños se incorporaron a un canal de WhatsApp denominado “Ejército de Lula”, desde el cual recibían instrucciones para realizar acciones coordinadas en las redes sociales.

El canal llegó a reunir casi once millones de seguidores. Su organizador, el diputado André Janones, los llamaba “soldados”, les asignaba “misiones” y les explicaba cómo podían intervenir en la lógica algorítmica, o sea, en los mecanismos que determinan la circulación y visibilidad de los contenidos digitales en redes como Instagram, Facebook, X, YouTube e, incluso, el buscador de Google.

¿Puede una organización de personas reales disputarles a los algoritmos el poder de decidir qué información circula y cuál permanece invisible?

La pregunta trasciende la elección brasileña. Nos coloca frente a una experiencia que invita a pensar las posibilidades de apropiación colectiva de las tecnologías digitales y las nuevas formas de participación política en sociedades cada vez más mediadas por plataformas.

Una segunda vuelta que puso en juego algo más que una elección

La movilización del Ejército de Lula adquirió su verdadera dimensión después de la primera vuelta. Hasta entonces, el canal de WhatsApp, que Janones había creado meses antes, reunía alrededor de 50.000 seguidores. En apenas tres semanas superó los diez millones.

El cambio de escala coincidió con una transformación del escenario electoral. La competencia entre varios candidatos había quedado reducida a dos alternativas y, con ellas, a dos proyectos políticos que se presentaban como profundamente diferentes.

Lula construyó buena parte de su discurso alrededor de la defensa de la democracia, la soberanía brasileña y la necesidad de preservar la autonomía del país frente a intereses políticos y económicos externos. Flávio Bolsonaro encarnó la continuidad del proyecto político de su padre, Jair Bolsonaro, con una orientación más próxima a Estados Unidos y más cercana a las grandes corporaciones tecnológicas.

La campaña de Lula procuró instalar la idea de que no estaba en juego solamente quién gobernaría durante los próximos años, sino qué podía perder la sociedad brasileña si triunfaba la otra alternativa.

Considero que esta construcción de sentido político resulta central para comprender la magnitud de la movilización. La identificación con un candidato podía convertirse en algo más: el compromiso con la defensa de aquello que se consideraba amenazado.

No sabemos todavía en qué medida esa percepción explica la incorporación masiva de participantes al Ejército de Lula. Pero permite formular una hipótesis: cuando las personas reconocen consecuencias concretas de una decisión política sobre su propia vida y sobre el futuro colectivo, pueden encontrar razones para abandonar una posición relativamente pasiva y asumir un papel más activo.

El Ejército de Lula y las misiones digitales

André Janones organizó el canal de WhatsApp como una suerte de centro de operaciones. Los participantes recibían misiones: difundir videos, utilizar determinados hashtags, comentar publicaciones, estimular visualizaciones, incorporar nuevos integrantes y, en ocasiones, evitar interacciones que pudieran favorecer la visibilidad de los adversarios.

WhatsApp funcionó como espacio de coordinación. Las acciones se ejecutaban principalmente en Instagram, X y YouTube.

La estrategia tenía una lógica relativamente sencilla: producir un volumen de actividad suficientemente importante como para ampliar la circulación de los contenidos favorables a Lula, superar los límites de las comunidades que ya compartían esas posiciones e intentar llegar a otros públicos.

Pero hay un aspecto particularmente interesante. Janones no se limitaba a indicar qué debían hacer los participantes. En sus intervenciones también explicaba la finalidad de las acciones y, en determinados casos, los mecanismos de funcionamiento de las plataformas que buscaba aprovechar.

Esto introduce una dimensión diferente.

No se trataba solamente de compartir una publicación por adhesión política. Los participantes podían comenzar a comprender que las interacciones, las búsquedas, los comentarios y los tiempos de visualización producen señales que los sistemas algorítmicos utilizan para organizar la circulación de contenidos.

Una investigación publicada por El País recoge el testimonio de Alexandre Conceição, un funcionario público brasileño que se incorporó al canal después de la primera vuelta. Hasta entonces utilizaba Instagram principalmente para mirar videos de recetas. Según relató, en dos días comenzó a comprender cómo funcionaban los algoritmos y terminó participando activamente en las tareas propuestas por Janones, incluso durante la madrugada.

El testimonio no permite generalizar esa experiencia a millones de personas, pero ayuda a identificar algo significativo: un usuario cotidiano que incorpora conocimientos sobre el funcionamiento de las plataformas y los utiliza para participar en una acción política colectiva.

Cuando las personas intervienen en los algoritmos

Durante años, las discusiones sobre manipulación digital estuvieron asociadas a las granjas de bots, las cuentas falsas, la automatización de interacciones y otras estrategias destinadas a alterar artificialmente la circulación de información.

El caso brasileño presenta una modalidad distinta.

Según los datos remitidos por X a la Justicia Electoral, unas 476.000 cuentas participaron en la difusión de 58 hashtags investigados, que generaron aproximadamente 8,2 millones de publicaciones. Cerca del 97 % de esas cuentas no presentaba indicios de automatización.

Es decir, una parte sustancial de la actividad coordinada fue realizada por personas reales.

Mientras las estrategias automatizadas buscan simular comportamientos humanos, aquí encontramos personas que organizan deliberadamente sus comportamientos para intervenir en los mecanismos de visibilidad de las plataformas.

No es una diferencia menor. Detrás de esas acciones existen motivaciones políticas, identificaciones compartidas y una organización que consigue transformar actividades individuales en una capacidad colectiva de intervención.

Esto no significa que las prácticas sean equivalentes a una conversación pública espontánea. Tampoco que toda coordinación humana resulte necesariamente democrática. Pero sí introduce una dimensión que merece ser analizada: la posibilidad de que los propios usuarios se reconozcan como actores capaces de disputar, mediante su organización, las condiciones de circulación de la información.

Las plataformas tampoco fueron neutrales

La experiencia ocurrió, además, en un escenario marcado por denuncias sobre el funcionamiento de los sistemas de Meta.

Una investigación de Folha de S.Paulo, basada en comunicaciones internas de la compañía, reveló problemas que perjudicaron la visibilidad de Lula en Instagram. Su cuenta no aparecía correctamente en determinadas búsquedas y durante casi 24 horas tuvo restricciones para promocionar publicaciones.

Al mismo tiempo, los sistemas recomendaban el perfil de Flávio Bolsonaro y su canal de apoyo en WhatsApp en circunstancias que contravenían las disposiciones electorales brasileñas.

Meta reconoció la existencia de problemas técnicos, pero negó haber favorecido deliberadamente a alguna candidatura. También se registraron fallas que afectaron a la campaña de Bolsonaro.

La información disponible permite hablar de anomalías y tratamientos desiguales documentados, pero no demuestra la existencia de un acuerdo entre Meta y un sector político para manipular la elección. Tampoco está probado que las acciones del Ejército de Lula hayan corregido esos problemas o determinado el resultado electoral.

Sin embargo, el episodio deja en evidencia una cuestión más amplia: las plataformas digitales no son simples canales por los que circula información previamente producida. Sus sistemas de clasificación, búsqueda y recomendación intervienen en las condiciones de visibilidad de los actores políticos.

Y esa capacidad se encuentra concentrada en empresas privadas que administran infraestructuras fundamentales para el debate público.

La apropiación tecnológica como experiencia colectiva

Aquí es donde considero que el caso adquiere su mayor interés.

Habitualmente hablamos de apropiación tecnológica para referirnos a los procesos mediante los cuales las personas incorporan herramientas digitales a sus prácticas cotidianas, les atribuyen significados y desarrollan usos propios.

Pero el Ejército de Lula permite explorar otra dimensión: la apropiación organizada de tecnologías digitales para intervenir colectivamente en un espacio de poder.

La identificación política proporcionó un propósito compartido. La organización transformó esa identificación en acciones concretas. Y el conocimiento práctico sobre los mecanismos algorítmicos permitió orientar esas acciones hacia determinados resultados.

Podemos encontrar algunas claves para interpretar este proceso en autores que, desde perspectivas diferentes, han reflexionado sobre el conocimiento, la acción y las tecnologías.

Paulo Freire entendía la praxis como una relación inseparable entre reflexión y acción transformadora. Desde esa perspectiva, interesa observar que la participación no consiste solamente en ejecutar una tarea, sino también en comprender su sentido y las condiciones en las que se realiza.

Pierre Lévy, por su parte, desarrolló el concepto de inteligencia colectiva para pensar cómo los conocimientos y capacidades distribuidos entre las personas pueden articularse mediante tecnologías de comunicación. No toda actividad coordinada constituye inteligencia colectiva, pero la experiencia brasileña permite preguntarnos cómo millones de intervenciones individuales pueden adquirir una dimensión que ninguna de ellas tendría por separado.

La apropiación, entonces, no estaría dada únicamente por aprender a utilizar una plataforma, sino por reconocerse como parte de una comunidad capaz de intervenir en ella.

Desde luego, no podemos afirmar que el Ejército de Lula haya producido, por sí mismo, un proceso de formación ciudadana. Pero sí podemos reconocer en esta experiencia elementos que podrían contribuir a la construcción de una ciudadanía más consciente de las mediaciones tecnológicas y de sus propias posibilidades de acción colectiva.

¿Quién tiene el poder?

Hay, sin embargo, algunas tensiones que conviene considerar.

Las “misiones” que Janones proponía desde el canal de WP se definían en una conducción centralizada. Los participantes podían decidir si incorporarse y actuar, pero no necesariamente intervenían en la definición de las estrategias. La coordinación masiva tampoco garantiza deliberación, autonomía ni pensamiento crítico.

Por otra parte,  aunque millones de personas consigan influir en la circulación de contenidos, las reglas de funcionamiento de las plataformas continúan bajo control de las empresas que las administran.

El filósofo Daniel Innerarity ha señalado los límites de una democracia en la que los sistemas algorítmicos procesan nuestras preferencias sin que los ciudadanos participen necesariamente en la definición de los criterios y objetivos que orientan sus decisiones.

La distinción es importante: podemos aprender a utilizar los algoritmos a nuestro favor sin llegar a intervenir en las decisiones sobre cómo deberían funcionar.

Esto nos devuelve a la pregunta inicial.

No sabemos cuánto incidió el Ejército de Lula en el resultado electoral ni hasta dónde llegó la comprensión crítica de quienes participaron. Pero la experiencia muestra una posibilidad que merece ser estudiada: la organización de personas que, a partir de una identificación política compartida, utilizan conocimientos sobre las tecnologías digitales para intervenir colectivamente en los mecanismos que condicionan la circulación de información.

Hoy resulta difícil pensar la vida política, la democracia o los procesos electorales fuera de estos entornos híbridos, donde las experiencias presenciales y digitales forman parte de una misma realidad.

Quizás uno de los desafíos de la formación ciudadana contemporánea sea precisamente ese: no limitarnos a aprender cómo utilizar las tecnologías, sino enfocarnos en comprender las relaciones de poder que las atraviesan y reconocer nuestra capacidad de actuar sobre ellas.

Porque ya no se trata solamente de ser conscientes del poder tienen los algoritmos sobre nosotros sino también de pensar qué podemos hacer, organizados, frente a ese poder.

 

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