Quince artistas misioneros dan su mirada sobre la inteligencia artificial y ponen sobre la mesa lo que significa para ellos hacer lo que hacen.
Hace unos meses estoy trabajando, en el ámbito de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Misiones, en una investigación sobre inteligencia artificial y sociedad. El proyecto se centra en los imaginarios, las mediaciones y las apropiaciones de la IA en Posadas: cómo la pensamos, qué hacemos con ella y de qué manera se instala en nuestra vida cotidiana.
Me interesa comprender desde dónde construimos esa relación. Qué experiencias, conocimientos y condiciones de acceso intervienen cuando decidimos usarla, evitarla o probar hasta dónde puede acompañarnos. Qué esperamos de ella y qué nos preocupa. Las respuestas pueden variar entre ámbitos y también cambiar con la experiencia de una misma persona.
En esa búsqueda encontré el ciclo de entrevistas “En Escena Verás” conducido por Ricar Vera para el canal del diario La Voz de Misiones, que en dieciséis conversaciones con artistas los consulta sobre su opinión sobre la inteligencia artificial.
Aunque las aproximaciones son muy distintas -algunos la incorporan a tareas concretas; otros prefieren mantenerla a distancia- en todas hay curiosidad, entusiasmo, dudas y preocupaciones por el trabajo artístico. También aparecen inquietudes por el consumo de recursos naturales, la concentración de poder económico y político y la manipulación algorítmica.
Sin embargo, en todas hay factor común: la pregunta sobre la máquina tiene como respuesta la propia visión del artista sobre su relación con el arte que crea. Entonces el placer de hacer música, la necesidad de escribir, el encuentro con otros, el disfrute del proceso que implica incorporar los saberes de un oficio, la transmisión de una sensibilidad, cobran una dimensión distinta. También la posibilidad de incomodar, de denunciar, de tomar posición o de encontrar algo que no estábamos buscando.
El arte como encarnadura. Como un proceso que emerge de la necesidad humana y biológica de expresar, decir algo. En la historicidad de un proceso que construye una identidad, una manera, un “latido de corazón”, un “alma”.
En definitiva, volver a la pregunta original: ¿qué buscamos cuando creamos?
El placer del proceso
“Lo más lindo de la música es hacerla”, responde Ilan Amores. Ante la posibilidad de que una banda produzca canciones con inteligencia artificial, su primera reacción apunta a la diversión que se estarían perdiendo quienes delegan la creación musical en una máquina.
Carlos Piegari encuentra algo parecido en la escritura: “Yo por lo menos escribo para divertirme”. Para él, delegar esa actividad sería entregar aquello que le da una razón para escribir. Marcelo Kuczek recurre a una imagen cercana cuando habla de la creación como un juguete propio. ¿Por qué querríamos que alguien jugara por nosotros?
Estas respuestas ponen en cuestión uno de los argumentos más habituales para incorporar IA generativa: ahorrar tiempo y esfuerzo. En muchas actividades ese ahorro resulta valioso. Pero para estos artistas, el tiempo dedicado a crear contiene algo que desean experimentar. El disfrute está en hacer, probar, encontrar una forma de decir.
Me pregunto cuánto de lo que buscamos al crear tiene que ver con “pasar por el cuerpo” esa experiencia: probar una melodía, equivocarse, encontrar una palabra, sentirla. Qué nos sucede mientras hacemos y cómo ese recorrido nos transforma, incluso cuando el resultado todavía no llega o no es el que esperábamos.
La IA generativa introduce la posibilidad de obtener resultados sin recorrer buena parte de ese proceso. Saltar casilleros. Entonces, ¿qué buscamos cuando creamos arte? ¿una canción terminada? ¿Aprender a componerla? ¿Encontrar algo mientras la hacemos? ¿Qué significaría, en cada caso, saltarnos ese recorrido?
Crear con otros
Para Axel Monsú, hacer cine también significa compartir vida. Cuando reivindica el trabajo del guionista, del director de fotografía o del sonidista, habla de oficios y de personas con las que se encuentra, aprende y construye una obra.
Su preferencia por escribir con un compañero permite mirar de otra manera la promesa de resolver tareas en soledad. Aquello que una herramienta facilita puede modificar las ocasiones de encontrarnos y necesitar del saber de otros. Una decisión técnica también puede reorganizar vínculos y formas de trabajar.
Luis Marinoni incorpora IA para generar contenidos técnicos de sus espectáculos. Al mismo tiempo, se pregunta cómo cuidar aquello que se transmite “de mano en mano”, esa sensibilidad que reconoce en lo popular y lo folclórico. En su respuesta conviven la utilidad de la tecnología y el valor de una presencia que encuentra su expresión más sencilla en un abrazo.
Marilyn Melo Fajardo lleva esa experiencia hacia la imagen de personas reunidas alrededor de una fogata: el calor, las caras, las sensaciones de estar allí. Desde esa concepción, el encuentro artístico involucra cuerpos y experiencias compartidas. Una obra puede estar atravesada por tecnologías y seguir reuniéndonos; la pregunta es qué lugar les damos en esa experiencia y cómo intervienen en ella.
Encontrar algo que no esperábamos
Marilyn introduce, además, una tensión que interesa especialmente: “el arte no está para complacer, el arte está para incomodar”. Su observación parte de una IA que percibe dispuesta a confirmar y elogiar lo que recibe.
Esa percepción abre una pregunta sobre las expectativas cuando recurrimos a un asistente generativo: que complete, mejore o produzca algo según nuestras indicaciones. En el encuentro con una obra también podemos buscar una experiencia que altere esa intención, que nos desconcierte o nos haga pensar desde otro lugar.
Eso no significa que toda obra incomode ni que una producción realizada con IA sea incapaz de sorprender. Me interesa la tensión entre obtener lo que pedimos y descubrir algo que todavía no sabíamos pedir.
Carmen Cáceres reconoce la rapidez y la eficiencia de estas herramientas, pero encuentra resultados que se parecen demasiado a lugares comunes. Su inquietud se desplaza entonces hacia lo que podemos agregar y hacia la formación de un espíritu crítico. Si esas respuestas se vuelven habituales, ¿cómo encontraremos una diferencia que valga la pena expresar?
Cristina Solís, por su parte, reivindica la prueba y el error. Equivocarse, buscar y volver a intentar forman parte del pensamiento narrativo que le preocupa delegar. “Dejaste de pensar en lo narrativo para que te lo narre otro y te lo narre como quiere narrarte, no como vos intentás contar”… “cuántos libros pueden realmente haber sido sintetizados cómodamente para un pensamiento oculto que no sabemos de quién, porque ni siquiera sabemos de dónde viene, ¿no?”.
Aprender con la IA
Ernesto Engel relata otro recorrido. Primero sintió temor; después estudió, tomó cursos y configuró asistentes que hoy utiliza para investigar técnicas, conversar sobre arte y resolver tareas de curaduría. En su experiencia, la IA abre un espacio de exploración que valora y disfruta.
Su testimonio vuelve más compleja la pregunta por la delegación. También podemos buscar, ampliar nuestras posibilidades, acceder a conocimientos o ensayar algo que antes no sabíamos cómo hacer. La IA puede convertirse en parte del proceso.
Cacho Bernal propone pensar la música “y” la inteligencia artificial. Está dispuesto a aprender, aunque distingue entre el músico que incorpora una herramienta y quien produce sin conocer el oficio. Su respuesta deja planteada otra pregunta: qué saberes ponemos en juego para elegir, modificar o validar un resultado.
Osvaldo Mazal se reconoce entre atraviesan el proceso de encontrarse con la IA. Apenas la utiliza para consultas, pero relata el desconcierto de un amigo escritor al recibir de la IA un cuento que consideró espectacular. Su respuesta introduce la idea de competencia: “a los escritores se suma ahora la inteligencia artificial”. Y se interroga sobre los criterios con los que se reconoce y se valora una creación literaria.
Más allá de la obra
Las preocupaciones también alcanzan las condiciones en las que se produce el objeto artístico y en lo que significa una tecnología generada por un poder económico super concentrado. Engel relata que su asistente resolvió una curaduría por la que habría tenido que pagar. Lo que para él facilita una exposición puede representar una contratación a un curador que no ocurre.
Iván Moschner pregunta en manos de quién está la tecnología y quién se beneficia de sus avances. Concibe la posibilidad de reducir el tiempo de trabajo, pero sitúa esa posibilidad dentro de las relaciones de propiedad y poder.
Osvaldo de la Fuente combina el asombro por las capacidades de la IA con la preocupación por quienes impulsan su desarrollo y por el futuro de sus hijos. Japo Fleitas dirige su inquietud hacia los algoritmos que orientan lo que vemos y a los que terminamos creyendo.
Flor Bobadilla Oliva introduce la preocupación por la explotación de los recursos naturales y el poder económico que se aprovecha de ese extractivismo. Aunque considera que hay algo de la esencia humana que permanecerá, cuestiona el costo de sostener esa expansión tecnológica.
Estas respuestas llevan la conversación hacia el contexto de época: el mundo en el que crean. La obra, el oficio y las tecnologías digitales se encuentran atravesados por decisiones e intereses que exceden a cada artista.
Volver al “para qué”
Escuchar estas entrevistas y objetivarlas como parte del corpus de una investigación sobre los usos, las apropiaciones y los imaginarios de la IA en Posadas también me interpela personalmente. Conozco desde hace años a todos los entrevistados y con algunos he trabajado. Reconozco sus trayectorias, sus búsquedas. Y me reconozco en algunas de sus respuestas.
Estas tecnologías llegaron sin que las pidiéramos. Están ahí, disponibles, acompañadas por una invitación a utilizarlas y por la advertencia de lo que podríamos perder si no lo hacemos. A estos artistas, con años de oficio, les toca decidir qué lugar darles. A mí también.
Por eso, ¿qué buscamos cuando creamos? se vuelve una pregunta fundamental. Para hacer arte, pero también para investigar, escribir un artículo o desarrollar un podcast. Volver a nuestros propósitos -propios y compartidos- al porqué hacemos lo que hacemos- puede ayudarnos a decidir cómo apropiarnos críticamente de estas tecnologías.
Quizá desde allí podamos definir qué queremos delegar, cómo y para qué. Siempre que queramos hacerlo, claro.