
No quería hacerlo. Pero me resulta imprescindible hablar de La Odisea, la comentada película de Christopher Nolan.
No para hablar de la película. Sino para hablar de nosotros. De lo que nos pasa cuando una historia narrada hace casi tres mil años vuelve a ocupar el centro de la conversación en plena era del capitalismo de plataformas y la inteligencia artificial.
¿Por qué una historia tan lejana vuelve a interpelarnos con tanta fuerza?
La Odisea cuenta el regreso a casa de un hombre que debe atravesar múltiples fuerzas que amenazan con desviarlo, transformarlo o hacerle olvidar quién es.
Ulises viene de ganar una guerra que nunca quiso pelear y de convertirse en leyenda a partir de un engaño: el Caballo de Troya. Una victoria que, en la película, no aparece solamente como triunfo, sino también como ruptura. El engaño con el que logra vencer altera un orden, la “Ley de los Dioses”, quiebra un sistema de creencias y abre un tiempo nuevo.
Pero el punto central es que, después de la guerra, Ulises no quiere seguir conquistando. Quiere volver. Volver a su Ítaca natal, con su mujer Penélope y su hijo Telémaco. Durante diez años atraviesa mares, monstruos, pérdidas y tentaciones para recuperar algo que ya tenía: su nombre, su historia, sus vínculos y su lugar.
Y ese detalle, que parece simple, vuelve extraño el relato frente a nuestra cultura contemporánea, obsesionada con avanzar, acelerar, innovar, superar límites y llegar siempre un poco más lejos. En un mundo fascinado por la inteligencia artificial, los viajes espaciales y las tecnologías capaces de anticipar nuestros deseos, una antigua narración sobre un hombre que intenta regresar a su hogar vuelve a ocupar el centro de la conversación.
Quizá no sea casual.
La Odisea es la historia de alguien que debe atravesar fuerzas capaces de seducirlo, desviarlo o hacerle olvidar sus objetivos.
¿No hay algo profundamente contemporáneo en esa experiencia?
Vivimos rodeados de tecnologías que prometen ampliar nuestras capacidades. Sistemas que nos ayudan a escribir, trabajar, comunicarnos, orientarnos, comprar, aprender o tomar decisiones. Plataformas que conocen nuestros gustos, nuestros hábitos y, cada vez más, nuestros deseos.
Nunca tuvimos tantos instrumentos para navegar. Y, sin embargo, quizá nunca haya sido tan fácil perder el rumbo.
El canto de las sirenas
Las sirenas representan una de las escenas más conocidas del viaje de Ulises. Su poder no reside en la fuerza. No obligan a nadie a acercarse. Seducen.
Ulises sabe que escucharlas puede destruirlo. Por eso ordena a sus compañeros que se tapen los oídos y les pide que lo aten al mástil de la nave. Quiere escuchar su canto, pero sabe que no puede confiar completamente en su propia voluntad.
La escena resulta inquietantemente familiar.
Gran parte de nuestra vida digital transcurre dentro de sistemas diseñados para captar y retener nuestra atención. Cada movimiento de la pantalla ofrece algo nuevo: una imagen, una noticia, una reacción, una indignación, una promesa, un rostro, una historia.
No necesitamos buscarlas. Las sirenas llegan hasta nosotros. Y tal vez el problema de nuestras sirenas contemporáneas sea que casi nunca sabemos cuándo empiezan a cantar.
Ulises conoce el peligro y construye un límite para protegerse de sí mismo. Nosotros, en cambio, solemos interpretar esa seducción como una elección completamente libre.
¿A qué mástil podemos atarnos hoy para proteger nuestra atención?
Los lotófagos: olvidar el regreso
Uno de los cantos de Homero narra la experiencia de Ulises en el país de los lotófagos. Allí quienes comen el loto no mueren ni enferman, simplemente, olvidan.
Olvidan su hogar. Olvidan sus objetivos. Olvidan por qué estaban viajando.
Cuando trasladamos esa imagen a nuestra vida cotidiana resulta difícil no reconocer algunas de nuestras propias formas de olvido.
No necesariamente sustancias, sino también la sobre oferta de imágenes, estímulos, noticias, videos, recomendaciones y contenidos que nunca buscamos y que, sin embargo, consumimos durante horas.
Como si ya no navegáramos por las redes para llegar a algún sitio, sino que navegamos para seguir navegando. Como si en algún momento olvidáramos para qué habíamos entrado.
Los lotófagos no pierden la memoria de manera dramática. Pierden el regreso.
Y tal vez esa sea una de las formas más silenciosas de perderse.
Calipso: la promesa de no envejecer
Ulises permanece durante años en la isla de la ninfa Calipso. Ella lo ama y le propone algo extraordinario: a cambio de que él se quede con ella, le ofrece la inmortalidad de los dioses. Pero Ulises quiere volver.
Prefiere una vida humana, limitada y mortal, junto a Penélope y en su tierra, antes que una existencia eterna lejos de aquello que reconoce como propio.
La escena resulta especialmente sugestiva en un momento en que buena parte de las propuestas transhumanistas giran alrededor de la posibilidad de superar los límites humanos: vivir más, modificar el cuerpo, aumentar nuestras capacidades, ampliar la inteligencia, vencer enfermedades e incluso imaginar alguna forma de continuidad más allá de la muerte biológica.
¿Qué ocurre cuando superar los límites comienza a convertirse en un proyecto tecnológico? La fragilidad, el envejecimiento, la incertidumbre y la conciencia de la muerte son experiencias que intentamos evitar. Pero también forman parte de la manera en que construimos nuestros vínculos, nuestros afectos y nuestro sentido del tiempo.
Pero no se trata de defender el sufrimiento ni de renunciar a los avances capaces de mejorar nuestra vida. El tema es hasta dónde podemos modificar nuestra condición sin modificar también aquello que entendemos por humano.
Ulises elige volver. Elige la vida limitada. Elige el tiempo.
Ítaca: el lugar al que volver

Para Ulises, Ítaca no es solamente su hogar y su familia. Es su identidad.
Pero el viaje lo transforma. No vuelve el mismo hombre que partió: ha conocido otros mundos, ha perdido a sus compañeros. Experimentó el miedo, el deseo, el engaño, la culpa y la muerte.
Tampoco Ítaca es la misma. Penélope no es la misma. Telémaco es un hombre capaz de tomar sus propias decisiones. Por eso regresar nunca significa retroceder. Significa volver transformado a un lugar que también se transformó. Y quizá allí aparezca la parte de La Odisea que más nos interpela hoy.
Nuestra Ítaca no puede ser un mundo sin pantallas, sin algoritmos o sin inteligencia artificial. Ese mundo ya no existe. Y no tendría sentido intentar reconstruirlo.
El desafío es atravesar esta transformación tecnológica sin entregar por completo nuestra capacidad de decidir qué merece nuestra atención. Qué queremos recordar. Qué vínculos queremos preservar. Qué parte de nuestras decisiones queremos seguir tomando nosotros.
Y, fundamentalmente, qué entendemos por una vida humana, sin olvidar hacia dónde queríamos ir.
Cada época tiene sus mares, sus monstruos y sus seducciones. La nuestra creó máquinas capaces de conversar, sistemas que organizan la realidad y plataformas que aprenden de nuestros deseos incluso antes de que podamos nombrarlos.
Ulises necesitó diez años para regresar a Ítaca. Nosotros recién estamos entrando en el viaje.
La cuestión es si, después de atravesarlo, seguiremos sabiendo dónde queda nuestra casa.