
Nunca fui una apasionada del fútbol. En los mundiales anteriores seguí algunos partidos, grité por Argentina, pero siempre con la distancia de quien acompaña desde afuera.
Esta vez fue diferente.
En este Mundial entré en una especie de dimensión paralela hecha de canales deportivos, goles repetidos desde todos los ángulos, memes, análisis, cábalas y videos de la hinchada. Cuando termina un partido, sigo buscando algo que todavía no vi: una jugada, un gesto, una canción, una emoción capturada desde otro lugar.
¿Qué tiene este Mundial que logró atraparme de esa manera?
Quizá la respuesta no esté solamente en el fútbol.
El periodista James Horncastle escribió en The New York Times una nota en la que intentó explicar la pasión argentina apelando a nuestra “locura”. Describió los partidos como “una montaña rusa emocional” y comparó esa necesidad de adrenalina y dopamina con una adicción.
Puede ser. Tal vez los argentinos estemos un poco locos. Pero la locura no alcanza para explicarnos.
Somos producto de una combinación difícil de sintetizar: pueblos originarios, grandes oleadas inmigratorias mayoritariamente europeas y migraciones provenientes de distintos países latinoamericanos. Herederos de guaraníes, kollas y mapuches; de españoles, italianos, alemanes, polacos y “ainda mais”.
Una cultura que muchas veces negó sus raíces americanas mientras se enorgullecía de sus abuelos europeos. Una identidad construida a partir de una mezcla de imaginarios diversos: desde el espíritu apasionado, el drama del tango, la cultura del peronismo, la tristeza del chamamé y la alegría de la cumbia, los valores como la familia, la justicia social, la educación: “mi hijo el doctor”, y de personajes icónicos como Máxima, Francisco, Fangio, Maradona y Messi. Todo aderezado con cierta soberbia, construida sobre la convicción de que somos diferentes del resto de América Latina. Podemos pasar, sin escalas, del complejo de inferioridad a la desmesura. Creernos el peor país del mundo y, cinco minutos después, estar convencidos de que nadie siente, juega, ama o sufre como nosotros.
En la previa de la final del Mundial, el Museo del Prado eligió diez palabras para definir a la selección de España, nuestro rival, y las acompañó con obras de su colección: prudencia, estrategia, superación, humildad, esfuerzo y armonía, entre otras.
El MALBA no tardó en responder con obras e imágenes propias. Eligió otras diez palabras: aguante, mística, corazón, amistad, pueblo, memoria, coraje, ritmo, locura y Messi.
La comparación parece hablar de fútbol, pero habla de dos maneras de pensarse.
Durante estas semanas, millones de argentinos celebramos partidos ganados con sufrimiento, garra y coraje. Personas que no compartimos una idea política ni una concepción del país cantamos la misma canción, nos abrazamos y alentamos por lo mismo.
Pero todos sabemos que el fútbol no eliminó la grieta. Apenas abrió un paréntesis dentro de ella.
Si recorremos nuestra historia, buena parte de la vida política argentina parece haber necesitado un adversario para reconocerse. El peronismo puso en el centro palabras como pueblo, lealtad y justicia social. Amplió el “nosotros”, pero también consolidó un “ellos”. Y esa lógica, reproducida también por el antiperonismo, terminó atravesando gran parte de nuestra cultura política.
En una cancha esa frontera es sencilla. Hay un equipo propio y un rival. Sabemos quiénes somos nosotros y quiénes son ellos. No hay lugar para “cipayos”. Pero fuera de la lógica deportiva todo es más complejo.
El partido contra Inglaterra revivió viejas pasiones y volvió a mezclar historia, fútbol y soberanía. Malvinas apareció en las canciones, en las banderas y en una memoria que atraviesa generaciones.
Mientras en las calles y en el propio estadio las pancartas repetían que las “Malvinas son argentinas”, el Senado se preparaba para tratar un proyecto que elimina los límites a la compra de tierras rurales por parte de extranjeros. La sesión finalmente no tuvo quórum y fue postergada, pero la contradicción ya estaba expuesta: un país entero puede emocionarse hasta las lágrimas por la soberanía de unas islas y permanecer casi indiferente ante la posibilidad de perder el control sobre la tierra continental.
O sea, podemos defender el territorio en una canción y entregarlo en una ley.
Así de contradictorios somos. Quizá esa sea una de las características más persistentes de la Argentina: la dificultad para convertir una consigna colectiva en un proyecto común y sostener acuerdos más allá de una gestión de gobierno.
En el fútbol existe una meta compartida. También hay una tradición construida durante generaciones en los clubes, los barrios, los potreros y las familias. Hay formación, pertenencia, disciplina y un objetivo que todos reconocen.
Un país, en cambio, se construye en tiempos largos. Exige consensos, aceptar que los resultados no siempre son inmediatos y aprender a convivir con quienes piensan distinto.
Tomando las palabras elegidas por el MALBA, construir un país requiere transformar la pasión en organización; el coraje, en responsabilidad; la memoria, en decisiones; y el aguante, en algo más que la capacidad de soportar una nueva crisis.
Quizá eso fue lo que me atrapó de este Mundial. No solamente los goles ni la posibilidad de ganar otra copa, sino la imagen de un país que, durante unas semanas, volvió a reconocerse en un “nosotros”.
La pregunta es qué hacemos con toda esa fuerza después de los festejos.