
¿Qué significa comunicar en el mundo digital; hiperconectado y atravesado por algoritmos que no podemos manejar?
En octubre pasado participé junto al Grupo de Formación Ciudadana de la Red Académica de Gobierno Abierto en el II Congreso de Gobierno Abierto, en la que abordamos “La urgencia de repensar el gobierno abierto desde la hibridación, para potenciar la ciudadanía en tiempos de algoritmos: el Grupo de Formación Ciudadana de RAGA como una comunidad de práctica”.
Comparto aquí mi ponencia:
¿Cómo crear sentido en medio de esta maraña de sobreinformación?
La respuesta no es lineal ni es una sola. Y en esta charla me gustaría orientarla a la necesidad de tomar conciencia y entender que vivimos inmersos en un ecosistema digital que nos absorbe casi por completo: saltamos de pantalla en pantalla casi sin darnos cuenta de la presencia ominpotente y la mediación permanente de los algoritmos.
Hoy trabajamos, aprendemos, amamos, debatimos y hasta soñamos en clave digital.
Cuando apareció internet pensamos que la revolución digital traería más libertad, más acceso y más participación. Que iba a ser más democrática.
Sin embargo, lo que vivimos hoy es más concentración, nuevas brechas que se suman a las anteriores, nuevas dependencias, nuevas formas de control y una aceleración que no siempre deja espacio para la reflexión.
Entonces, una de las respuestas a esta pregunta es tomar conciencia que el ecosistema digital en el que vivimos no es sólo un conjunto de herramientas:
Es un nuevo orden social y simbólico en el que se reconfiguran las relaciones de poder, de conocimiento y de sentido.
- Este nuevo orden social está mediado por algoritmos (es decir, el papel que antes cumplían los medios de comunicación de ser los grandes “mediadores” de la realidad. Hoy lo cumplen los algoritmos. Algoritmos que, por otra parte no tenemos bien claro a qué y a quien responden ni por quién y para qué están hechos.
- Por otra parte, este nuevo orden se rige por la economía de plataformas y la economía de la atención. Es allí, en ese nuevo entorno social donde se consruye la opinión pública, las conversaciones, las identidades y las narrativas que definen nuestros modos de estar en el mundo y, por ende, a nuestras democracias
O sea,
La hiperconexión por sí misma no garantiza comunicación.
Entender esto nos obliga a repensar las formas de adopción de las tecnologías. Es decir, para qué y por qué nos conectamos.
Ya no se trata simplemente de acceso, sino de cómo habitamos este nuevo entorno social. En cómo le entendemos y lo transformamos para adecuarlos a nuestras necesidades y las de nuestras culturas.
La investigadora estadounidense Shoshana Zuboff, señaló en su libro La era del capitalismo de la vigilancia que las plataformas no se limitan a observar lo que hacemos: lo predicen, lo inducen, lo modelan. Cada clic, cada búsqueda, cada silencio digital se traduce en datos que alimentan un sistema de vigilancia y de persuasión.
O sea que no se trata solamente de poder económico o tecnológico: es también cultural y simbólico.
Las plataformas no solo gestionan información, gestionan la atención, la emoción y la credibilidad. Configuran lo que Pierre Bourdieu llamaría un nuevo campo de poder simbólico: un espacio donde se disputa quién tiene derecho a hablar, qué temas se vuelven virales y qué relatos quedan silenciados.
Entonces, si volvemos a nuestra pregunta sobre ¿Cómo crear sentido en medio de esta maraña?
Nuestra repuesta se enfoca en la figura “ciudadano digital” ya no como un ciudadano capaz de tener conectividad y saber utilizar las plataformas y herramientas digitales. Sino como un ciudadano capaz de entender en profundidad este entorno que habitamos, capaz reconocer las mediaciones que lo atraviesan y decidir cómo quiere usarlas.
La verdadera ciudadanía digital implica, entonces, tomar conciencia de las reglas del juego. Implica pasar de la reacción a la reflexión, del consumo de información a la producción de sentido.
Porque participar no es solo comentar o compartir; es ser capaz de construir discursos, deliberar, disentir y crear comunidad.
Y a esto le llamamos apropiación consciente de las tecnología. Hablar de apropiación es hablar de poder.
No se trata solo de usar una herramienta, sino de hacerla propia, de darle un sentido que responda a nuestras necesidades culturales, éticas y políticas.
La apropiación consciente implica tres movimientos:
- Entender: conocer cómo funcionan las tecnologías, qué intereses las configuran, y qué huellas dejan.
- Cuestionar: los discursos del progreso y la neutralidad tecnológica
- Transformar: crear prácticas, narrativas y espacios digitales que amplíen la libertad y prioricen el vínculo humano.
Quiero mencionar aquí las ideas del filósofo Yuk Hui, que acuñó el concepto de cosmotecnia.
Es decir, el parte de la idea de que toda tecnología encierra una visión del mundo. Adoptar las tecnologías sin reflexionar sobre ellas, desde qué cosmovisión del mundo fueron construidas, es adoptar una cosmovisión del mundo sin tener total conciencia de que la estamos adoptando.
Por eso Hui nos invita a pensar en otras cosmotecnologías posibles: formas de diseñar y usar tecnología que estén alineadas con la vida, la justicia y la diversidad cultural.
Un desafío profundamente humano
Apropiarnos conscientemente de las tecnologías significa re-humanizar lo digital. No se trata de apagar las pantallas, sino de encender la conciencia. De recuperar la pausa, la escucha, la palabra con sentido.
Porque el desafío de nuestro tiempo no es tecnológico: es humano.Cómo comunicarnos, cómo convivir, cómo seguir siendo libres en un mundo cada vez más programado.
Y, sobre todo, cómo construir un futuro digital donde la inteligencia no sea solo artificial, sino también emocional, ética y colectiva.
Y para cerrar, quiero dejar una reflexión que también es una expresión de deseo:
“El futuro no depende de los algoritmos, sino de nuestra capacidad de imaginar tecnologías que amplíen la vida, la empatía y la comunidad.”